Los tres amigos y sus tesoros



Hace mucho tiempo en la ciudad de Sebas vivían, en una casucha de perro abondanada, una tortuga, una liebre y un ratón. Ellos habían llegado a aquella morada sin saber qué encontarían y qué pasarían desde el momento de su llegada.

Resulta que la tortuga era aquella que algún día ganó a una liebre que se creía rápida y menospreciando el esfuerzo de la entonces joven tortuga se quedó dormida debajo del árbol; la liebre era una huérfana prima lejana de Pepito, el conejo, a quién su mamá castigó por desobedecer; por último, el ratón era uno de los primos de Speedy Gonzáles, el famoso robaquesos mexicano que muchos hemos visto en la televisión.

Sabiendo quiénes eran los tres amigos les contaré lo que un grillo, testigo de sus locuras, me contó.

Me dijo que al llegar los tres amigos a ese lugar abandonado decidieron convertirla en un palacio, para ello necesitaban la rapidez de la liebre, el tamaño del ratón y los aportes de la tortuga.

Así comenzaron por decidir qué pondrían como adornos; lo primero que se les ocurrió fue colgar la medalla de la tortuga en un lugar visible, luego pensaron que sería una buena idea buscar una mesita para que puedan cenar, pero después de muchos intentos solo pudieron coincidir que la única que podría ser la mesa sería la caparazón de la tortuga; pero solo hasta encontrar algo que les sirviera sin tener que dejar desnuda a la tortuga, quien después de ser convencida tuvo que andar con una toalla; así que teniendo en frente la caparazón la pintaron de colores y la dejaron al centro. Ahora solo faltaba un aporte del ratón, pero... ¿qué podría ser? pensaron y pensaron hasta que se les ocurrió una idea... éste debía buscar a Speedy y conseguir uno de sus enormes sombreros de mariachis. El ratón fue a buscar lo encomendado pero no tuvo suerte pues Speedy finalmente había sido atrapado por el gato, quien no dejó ni siquiera su sombrero. De regreso se encontró con la viuda Martina, su cuñada, ella le dio su lazo y el retrato de su esposo, el ratoncito que la conquistó y murió haciendo avena. El ratón regresó a casa llevando los obsequios de Martina y colocaron en medio del salón el cuadro del valiente ratoncito y en la puerta el lazo rojo.

Así pudieron tener su casita decorada, ciertamente no parecía un palacio, pero tenía lo más preciado de cada uno de los habitantes. (Claro que la tortuga además de quedarse sin caparazón por dos largos meses, pescó un resfriado tan fuerte que contagió a todos, incluso al grillo que me contó esta historia)... AAAASHUUUUU!!!! Uys, creo que ya me contagió.

Escrito por Verónica Castillo Pérez

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*Doctora en Psicopedagogía. *Lic. En Educación/ Especialidad: Ed.Primaria. *Máster en Educación Universitaria en TIC

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